Es hijo de Zeus y la mortal Sémele, hija de Cadmo de Tebas. El mito cuenta que Hera, celosa por una nueva infidelidad de Zeus, se hizo pasar por Beroe, la cuidadora de Sémele, para decirle que la habían engañado, que quien fecundó su vientre fue alguien que se hizo pasar por Zeus y no el mismo dios. Sémele pidió a Zeus que le demostrara que era el Dios Rey del Olimpo y Zeus se presentó en todo su esplendor. Sémele no sobrevivió pero el niño que traía en su vientre sí. Zeus lo introdujo en su muslo para completar la gestación. Por eso Dioniso se considera un dios porque Zeus hizo de padre y de madre. Uno de los epítetos de Dioniso es dimetor (de dos madres)

En otra versión del mito, Dioniso es hijo de Zeus y Perséfone. Hera, celosa, envía al pequeño Dioniso con los titanes los cuales engatusan al niño con juguetes para luego desmembrarlo y comérselo. Cuando Zeus hace huir a los titanes sólo queda el corazón del niño (salvado por Atenea o Deméter según distintas fuentes). A partir del corazón, Zeus le recompuso en el cuerpo de Sémele (vuelve a ser dimetor, de dos madres).
El hecho es que un dios no puede morir y el que Dioniso sí muera le acerca enormemente a la humanidad. Era el dios de la liberación, el que liberaba de cadenas, de complejos, de ataduras,…En los cultos y celebraciones se le representaba a menudo resucitando, surgiendo del Hades, de la tierra. Al igual que Deméter, ambos simbolizaban la fertilidad. No se puede negar la cercanía del mito al desmembramiento y reconstrucción de Osiris en Egipto o a la muerte y resurrección de Cristo para la liberación de los hombres.
Los ritos
El vino, el símbolo por antonomasia de Dioniso, refleja la ambivalencia de Dioniso, puede producir alegría o furia. Dice Hesíodo: Al que bebe hasta hartarse, el vino lo vuelve furioso; le ata pies, manos, lengua y entendimiento con invisibles cadenas. En griego se llamaba manía a la euforia exagerada, a la excitación o la irritabilidad. En nuestro idioma ha llegado esa acepción más a la palabra maníaco/a que a la propia manía.

Caravaggio, 1595, Galería uffizi, Florencia
Los cultos a Dioniso eran como el propio dios, cultos en los que se podía alcanzar la alegría y la tristeza, la tranquilidad o el desafuero. Los había que servían para la vida y para la muerte. Coincidían en darle importancia a la mujer, a que dispusiera de un espacio liberador donde dar rienda suelta a su necesidad de entretenimiento ya que ellas padecían las mayores limitaciones en la vida cotidiana. Se intentaba salir de la ciudad y del día (lo conocido, lo ordenado) y desarrollar los ritos en el monte y por la noche (lo desconocido y sorprendente).
Las representaciones
Las ménades con el cabello ceñido por serpientes, realizando danzas frenéticas y contorsiones, desmembrando cervatillos o devorando niños a mordiscos pueden inducirnos a pensar en ritos de lujuria, sexo o drogas pero no debió ser así. Se representaba también a seres mitológicos como centauros, sátiros o faunos y sabemos que no existieron. Hay que pensar en ritos sin bebida (se dice que se alcanzaba la embriaguez sin vino, comiendo hiedra), sin sexo, llegando al delirio solo con el entusiasmo del propio culto, con el baile, el contoneo y, si acaso, con la crítica a los maridos o a las convenciones sociales mientras sonaban panderos y aulós, las flautas de doble caña. El símbolo de Dioniso era el tirso, un báculo forrado de vid o hiedra rematado por una gran piña en la punta.
La creencia
Los ritos y misterios dionisiacos ofrecían solución a las dudas personales, a los miedos al dolor, a la enfermedad o a la muerte. Contaban con experiencias sensoriales visuales y físicas y ofrecían el reencuentro con la naturaleza exterior a la vida ciudadana, con la liberación de las rutinas. Querían enseñar los beneficios del desorden aún conscientes de sus riesgos. La importancia del salir del yo diario tenía un doble mensaje: para esta vida no todo debe ser orden, mesura y contención. Para el más allá la promesa de la existencia de una vida mejor.
Las fiestas
de otoño
En el mes de boedromion, mes de la vendimia, los misterios de Eleusis invocaban la forma dionisíaca de Yaco invocando al dios nacido dos veces. En la larga procesión desde Atenas a Eleusis, se representaba el bajar hasta el Hades y la resurrección, la vuelta a la vida.
Las Oscoforias, en el mes de Pianopsion, presentaban un cortejo de adolescentes que eran guiados por dos muchachos amfithaleis (que tuvieran padres vivos) con viñas cargadas de racimos de uvas. Había sacrificios, libaciones, danzas y carreras entre efebos.
de invierno
En invierno, en el mes de Poseidon, las Dionisias Rurales se iniciaban con una procesión campestre paseando un falo tras la canéfora, la portadora de la cesta. Los concursos eran populares como el de los campesinos que debían mantener el equilibrio en odres hinchados untados en aceite y los coros cómicos que cantaban letras picantes y obscenas por las calles (¿chirigotas?)
En las Leneas, en el mes de gamelion las mujeres poseídas por el éxtasis y desenfreno dionisíaco danzaban en el templo sagrado. Dioniso presidía el teatro y en él se representaban obras para los atenienses.
En tiempos del tirano Pisístrato (siglo VI a.C) comenzó a desarrollarse la fiesta de las Antesterias en el mes de antesterion. Se realizaba la apertura de jarras con el vino nuevo y se organizaba un concurso de bebida. El punto álgido del segundo día era la unión del dios con la esposa del arconte basileus o arconte rey. Dioniso iba montado en un carro y su séquito iba con máscaras (¿carnaval?). Al llegar al templo, al arconte le correspondía jugar el papel del dios y a su esposa, la basilina, completar la hierogamia con el enlace carnal. Esta fiesta no sólo permitía la celebración de las mujeres sino también la de esclavos y niños. El tercer día la fiesta se consagraba a los difuntos. Se hacían sopas de verdura y grano en ollas de barro que había que comer antes de anochecer.
de primavera
Cuando llegaban las Grandes Dionisíacas en el mes de elafebolion, el clima había mejorado y venían extranjeros aprovechando la mejor navegabilidad del mar. Era la segunda gran temporada de teatro en que, en seis días, se cantaban ditirambos, se representaban de tres a cinco comedias, doce tragedias y tres piezas satíricas. El teatro era el gran escenario de Dioniso, donde la personalidad se puede desdoblar, exagerar o disimular y donde no todo es lo que parece.

Con la remodelación romana su capacidad fue de 17000 personas.
Los mitos
Los delfines
Siendo joven Dioniso, se asomó a una playa con ricos vestidos, llamativas joyas y muy embriagado. Le vieron unos piratas desde un barco y pensaron que podían secuestrarle y pedir un rescate por él. Un pobre pescador que se había enrolado con los piratas para llegar a Naxos llamado Acetes les advirtió de que podía tratarse del dios. Los piratas igualmente le capturaron y ataron al barco con cadenas.
Dioniso se deshizo de las cadenas, llenó la cubierta con un vino perfumado, recubrió el barco de vides y parras, racimos de uvas, hiedras y bayas y convirtió los remos en serpientes. Sonaron flautas invisibles y surgieron leopardos, leones, osos o tigres, según versiones. Salvo Acetes, que finalizó con Dioniso su viaje a Naxos y fue su primer sacerdote conocido, el resto de los piratas saltaron por la borda y, nada más tocar el agua, se convirtieron en delfines.
Desde entonces, los delfines son amigos de los hombres y tienen la misión encargada por Dioniso de salvarlos en los naufragios.
Penteo
Penteo, rey de Tebas, no creía que Dioniso fuera un dios por entorpecer el orden. Tenía por convicción que la vida honrada era incompatible con la que proponía Dioniso. Acetes, aquél sacerdote de Dionisos que viajó en el barco con los piratas, llegó a ser condenado por Penteo aunque nunca pudieron encarcelarle porque las cerraduras estallaban, las cadenas caían al suelo y las puertas se abrían para que saliera.
Dioniso le dio otra oportunidad a Penteo para que creyera en él. Su madre Ino y su tía Agave participaron una noche de los ritos y al despertar, vieron que, donde tocaran con su tirso, brotaba una fuente de agua, una de vino o fluía un río de leche y miel. Pero Penteo siguió sin creer. Una noche se disfrazó de mujer para convertirse en ménade, participar en el rito y verlo todo de primera mano. La historia trágica concluye cuando le descubren las ménades y sus propias madre Ino y tía Agave le descuartizan entre la danza, la locura y la excitación.
Las Miníades
Tampoco creían en Dioniso las hijas de Minias, el rey de Orcómeno. Alcátoe, Leucipe y Arsipe que reprochaban a las otras mujeres el no llevar la vida ordenada en el gineceo donde debían esperar fielmente a sus maridos trabajando con mesura y sin descanso en el telar. Dioniso les da la oportunidad de creer en él acompañando a las demás mujeres pero insisten en no participar en los ritos en su honor.
El dios creó hiedras y vides que se enroscaron en los telares, salieron serpientes de las canastillas y las obnubiló haciendo que quisieran comer carne humana. Las hermanas desmembraron y devoraron a uno de los niños, al hijo de Leucipe. Finalmente, Hermes, el dios de la transformación, las convirtió en murciélago, corneja y lechuza. El delito de impiedad de las miníades quedó grabado en la ciudad de Orcómeno. Dicen que el gran sacerdote, tras realizar los sacrificios pertinentes, perseguía a las mujeres que iban a la ceremonia y daba muerte a aquella que lograra alcanzar.
Ariadna
Como hemos visto, Dioniso tenía una legión de seguidores de centauros, faunos, sátiros, ménades,…y todos tenían en común la pérdida de la razón en presencia de Dioniso. Aunque el dios del desorden, el éxtasis y el descontrol, el que arrastraba grupos enteros por la oscuridad de la noche fuera de la ciudad, sólo tuvo un verdadero amor: Ariadna.
Ariadna era la hija de los reyes de Creta, Minos y Pasífae. Fue la que ayudó a escapar a Teseo del laberinto del minotauro proporcionándole un ovillo de lana. Enamorada de Teseo, salió de Creta ayudando a Teseo a sabotear los barcos cretenses. También el héroe parecía amarla hasta que llegaron a la isla de Naxos donde la abandonó mientras dormía. Ariadna permaneció en la playa en soledad, deshecha por la partida de su amor y sólo encontraba refugio y consuelo en el sueño.
Un día, Dioniso llegó entre una de sus fiestas enloquecedoras a la playa en la que dormía Ariadna y se enamoró de ella aunque sabía que él no era el objeto de los sueños de ella. Se tumbó a su lado y la besó varias veces para que despertara viéndolo a él. No lo hizo hasta la mañana siguiente en que Ariadna despertó y le habló al dios con naturalidad pensando que era un humano. Dioniso se enamoró aún más ya que era la primera vez que alguien no había perdido la cabeza en su presencia.

Johann August Nahl The Younger, 1752 – 1825
Smithsonian Institute
Curiosamente, de entre los dioses masculinos, Dioniso, el dios del caos y la pérdida de la cordura, fue el más fiel. Continuó siendo imprevisible y salvaje pero siempre acudía a Ariadna para salir del descontrol. Las representaciones antiguas de época clásica, helenísta o romana o las más modernas renacentistas y barrocas les contemplaban como la pareja ideal. Ariadna rechazó su propuesta de matrimonio ya que no quería casarse con ningún hombre tras el abandono de Teseo. Dioniso se quitó su corona y la lanzó al cielo para probar que no era un hombre sino un dios. La corona quedó en el cielo como una constelación que hoy llamamos Corona Borealis. Ariadna aceptó el matrimonio y así se convirtió en diosa (otra versión del mito indica que Hefesto realizó la corona para que Dioniso se la regalara a Ariadna en su boda. Al morir la mortal, lanzó la corona al cielo y posteriormente Zeus la divinizaría como esposa de Dioniso para la eternidad)
Epílogo
A nuestros días ha llegado el carnaval como la celebración dionisíaca por excelencia. Los hombres llevan máscaras y se desnudan o disfrazan de animales o de mujeres, las mujeres también llevan máscaras y bailan descontroladas como ménades. Hay gente que ve a los participantes desde fuera como los veían las Miníades, aquellas que no congeniaban con el desorden y el desafuero.
Por mi parte, hoy me quiero quedar con un pensamiento tras el mito de Ariadna. No necesitamos la adoración ni por ni para nosotros, ni mucho menos una multitud sesgada de seguidores (¿redes sociales?). Lo que de verdad nos llena es la verdadera escucha, la empatía y la comprensión. De ahí al amor…sólo hay un pasito. A los que habéis llegado hasta aquí…¡ya sabéis que os quiero!