El mito de Cipariso

Cipariso era un joven amante de los animales al que se le atribuyeron amoríos con el dios Apolo, el que templa la cítara con las cuerdas y con las cuerdas templa el arco. Se cuenta que había un gran ciervo consagrado a las ninfas del que colgaban collares de gemas, amuletos de plata y adornos de oro. Era un animal sin miedo que se acercaba a las casas para que le acariciaran. Y el humano que más le quería, el que le llevaba a nuevos pastos, a fuentes de agua cristalinas y le enredaba guirnaldas de flores era Cipariso.

Un día, el venado se recostó tras unos espesos matorrales y Cipariso, que estaba de caza, supo que había un ciervo tras la espesura. Con su contrastada pericia como cazador, lanzó su agudo venablo pensando que se trataba de otro ciervo pero, desgraciadamente, le hirió de muerte. Fue tal la pena que quiso él mismo morir también y pidió consuelo a Apolo para que le permitiera llorar por siempre a su amigo ciervo.

Lloró y lloró, lloró sus lágrimas y lloró su sangre y sus miembros comenzaron a adquirir color verde. Sus cabellos comenzaron a tornar en aspereza y rigidez y su delgadez se recubrió de corteza. Cipariso se convirtió en el primer ciprés.

Campos de trigo con cipreses. Vincent Van Gogh

Muy apenado, Apolo manifestó: «Serás llorado por mí y tú llorarás a otros desde ahora. Acompañarás por la eternidad a los que expresan su dolor».

El ciprés

La razón por las que se dice que el ciprés llora eternamente es por su tronco rayado por la resina y por las arcéstidas (las equivalentes a las piñas de los pinos o a los gálbulos de los enebros) que se asemejan a las lágrimas.

Cipreses en el entorno natural de La Rahíge, en Canillas de Aceituno, Málaga.

Al ciprés se le atribuyen cualidades antioxidantes, antibacterianas, antivirales y cicatrizantes. Con sus hojas, semillas y frutos se preparaban ungüentos para aliviar el resfriado común y la bronquitis. El aceite de ciprés se usaba para eliminar las verrugas y aliviar las hemorroides. Aunque parece que siempre debía estar muy diluido en agua.

Aunque este mito de Cipariso (previsiblemente de época helenística) haya cumplido ya, como mínimo, 2.300 años, los cementerios nos recuerdan que hay costumbres que perduran hasta nuestros días.

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